El verano pasado (2009), decidimos hacer un crucero: teníamos una semana de vacaciones y mucha suerte (no revelaremos por qué) y lo más barato, diferente y en lo que más podíamos ver, era haciendo este crucero. ¡Así que teníamos que aprovecharlo!
Fuimos en coche a Lisboa desde Madrid (nos soprendimos gratamente de lo verde que es Extremadura, pese a creencias populares... pero eso será otro viaje, en otra ocasión).
Al día siguiente, embarcamos en nuestro Pacific Dream (o Pacific Drink como lo bautizó su señor capitán, jeje) y... ¿Cómo es hacer un crucero? Pues extraño. Jeje. Hay que pasar por algunos rollos como rellenar fichas donde explicas que no tienes ni has tenido recientemente ninguna enfermedad contagiosa y todo eso... Dejas las maletas en algún lado, indicando tu habitación (que aún ni has visto) y te vas esperando volver a verlas en algún momento... mágicamente, al llegar a tu camarote (después de perderte un poco por el inmenso barco), ahí están, esperando
Nuestro camarote era exterior, superior y con terraza (sí, ya sé, qué asco, eh?): un armario inmenso, una cama inmensa y una terracita preciosa en la que, después de dar una primera vuelta por la cubierta, tomarnos unas cervecitas al sol y difrutar de la brisa del Atlántico, degustamos nuestra botella de cava, regalo de bienvenida. ¡¡No parecíamos nosotros!! Es como otro mundo (en el que desentonábamos un poco: dos jóvenes en un crucero no es muy habitual; la mayoría son parejas de mediana edad o mayores y familias). ¿Y el barco, la estancia? ¡Madre mía! Como en "Vacaciones en el mar": con el capitán paseando por allí, actividades a todas horas y para todas las edades... ¡un sinfín de cosas que hacer! Casi que no da tiempo a todo. Porque, después, empieza la navegación: al principio es una sensación extraña, ¡¡notas que aquello se mueve!! Suena el pitido y nos alejamos de la costa: adióooos!!!
Es una suerte que no nos mareáramos ninguno (ninguno de los dos, digo; de las mil y pico personas que íbamos, igual alguno tuvo mala suerte, no sé yo...). Y, lo mejor, es por la noche: parece que te mecieran mientras duermes... ¡No está nada mal!
PRIMER DESTINO: GIBRALTAR. Llegamos al puerto y tuvimos medio día para pasear por las calles de este pequeño pueblo-ciudad-país xD Fue interesante, la verdad, aunque no tiene nada. Desde el puerto hast
SEGUNDO DESTINO: CASABLANCA Y RABAT. Después de toda una noche de navegación, llegamos a Casablanca por la mañana y decidimos no coger excursión y verla por nuestra cuenta. Eso sí, cogimos la de la tarde para ir a Rabat. De modo que teníamos la mañana para ver la medina, la mezquita y encontrar el Rick's Café. Jeje. Cogimos un taxi en el puerto que, al principio, nos quería timar mucho y, finalmente, solo nos timó un poco. Después de unos 5 minutos, llegamos a la "lejana" medina de Casablanca. Tomamos un té moruno en el café París, antes de entrar y, aún siendo demasiado pronto, nos adentramos en las estrechas calles de la medina. Demasiado pronto, sí, porque aún solo algunas tiendas estaban abiertas; poca gente y ningún turista, se movían de un lado a otro trayendo y llevando cosas: preparándose, supongo, para las masas que comenzaron a llegar más tarde. Fue bonito, sin embargo, pasear sin mogollones, aunque nos perdiéramos algunas tiendas abiertas (sobre todo una parecía muy bonita, de intrumentos musicales...). Pero bueno, poco a poco, empezaron a abrir: panaderías, pastelerías, carnicerías, fruterías y las típicas tiendas-bazar donde encuentras desde ropa hasta vasos, souvenirs, postales, etc. Y compramos, claro, algunas cositas. ¡¡Imposible no hacerlo!! Un chico muy majo, nos llevó a una tienda ("La cueva de Alí-Babá") donde después de un buen rato alucinados con tantas cosas, decidimos comprar unos vasos de té de cristal pintados. Ya los teníamos, nos los íbamos a llevar, pero el hombre, sacó uno y para demostrarnos que no eran "made in taiwan", comenzó a golpearlo contra las baldosas del suelo... creí que no quería que los compráramos o algo... El caso es que no, que eran buenos, que nos los llevamos y enteros... Pero no pienso probar a hacerlo yo, porque seguro que me lo cargo.
Cuando conseguimos salir de la medina, que ya comenzaba a abarrotarse, vimos a lo lejos el minarete de la mezquita. Parecía cerca, pero no. No llegamos. Sin embargo, de todos los caminos que podían habernos llevado, cogimos uno por el que, sin buscarlo ni saber cómo, casualidades de la vida, encontramos nuestro otro imprescindible en Casablanca: el Rick's. Foto de rigor y ¡pitando para el barco! ¡¡Teníamos que comer algo y llegar a la excursión o se irían sin nosotros a Rabat!!
A todo esto, ¿no lo he dicho? Un calor y un sol de justicia, sí.
A velocidades, conseguimos llegar al teatro del barco desde el que salía la excursión y subirnos al autobús sin problema. Tardamos menos de una hora yo creo y el guía nos iba explicando todo. Primero, pasamos por muchos barrios, mejores y peores: Rabat es inmensamente grande. Y llegamos a los palacios reales. Sí, palacios, palacios y jardines inmensos de los que no ves ni la mitad y, aún así, te parece imposible que eso sea de alguien. Es cierto que no son solo las viviendas de la familia real (de hecho, el rey actual Mohamed VI, no vive ahí: vive fuera de Rabat aunque va todos los días a trabajar). Porque en estos palacios, también están los ministerios. Por lo tanto, podéis imaginar el barrio que lo rodea: todas las casas de los miembros del gobierno, embajadas, etc. No parece Rabat, no.
Sin embargo, este es el Rabat que vimos y es curioso también. Solo se puede acceder con excursiones concertadas y guiadas.
Después, nos llevaron a la mezquita inacabada y el mausoleo de Mohamed V. Y, por último, dimos un paseo por la Kasbah de Oudaias, muy bonita y típica, blanca y azul.
TERCER DESTINO: Agadir. Aquí sí cogimos la excursión: teníamos medio día y nos ofrecían una visita por la ciudad, subir a un monte para ver todo desde arriba y compras. Bueno, no fue una maravilla de excursión pe
ro pudimos ver todo. Las compras fueron en una especie de casa-palacio, con al menos cinco plantas y miles de cosas: abrigos y cazadoras de cuero, cojines, teteras, abalorios, etc. Pero no era el sitio más típico donde comprar, la verdad.Nos llevaron también a ver un espectáculo bereber, donde había contorsionistas y encantadores de serpientes. Estuvo interesante aunque, claro está, era algo muymuy turístico...
También visitamos un mercado de frutas, verduras, etc., donde pudimos observar un poco el día a día de la gente; y ser observados claro: un autobús entero de españoles que desembarca en un mercado normal, no pasa desapercibido. Pero bueno, no era del todo un mercado normal: era el más grande y con muchísimos productos frescos que habrían el apetito (el puerto de Agadir es uno de los más grandes del continente africano). Además, había cosas curiosas como pequeños puestos improvisados (manta sobre el suelo y mujer observando) que no vendían nada concreto pero sí cosas en general, lo que fuera. Esto es muy típico también.
NOTA SOBRE MARRUECOS: lo que aquí se describe no es lo mejor que ver en este maravilloso país. La medina de Casablanca, si bien muy grande, es muy similar a la de cualquier otra ciudad; la mezquita, eso sí, es la más grande del magreb. En cuanto a Rabat, como decimos, los palacios se pueden visitar por fuera y solo con excursiones concertadas. Y Agadir no merece mucho la pena o eso nos pareció (quizá nuestro guía se guardó algún tesoro sin mostrarnos).
CUARTO DESTINO: LANZAROTE. Un poco cansados de las excursiones de los días anteriores y con ganas de playa, decidimos no coger excursiones en esta isla y quedarnos en Arrecife, probando cervezas (Dorada o Tropical; mejor la Dorada), paseando por la playa y dándonos un buen baño antes de comer unas típicas patatas con mojo (que hay verde y rojo y nosotros sin saberlo... mmmmmmmm) y unas gambas a la plancha. ¡Riquísimo! Y después del baño, ¿qué mejor?
Sin embargo, nos quedamos con ganas de ir a los Jameos del agua, al Timanfaya, etc. ¡¡Queda pendiente para otro viaje!!
QUINTO DESTINO: MADEIRA. La superjoya de este crucero. Es impresionante la vista llegando al puerto de Funchal. Cuando el barco reduce la velocidad acerc
En cuanto a Funchal, lo vimos por nuestra cuenta. El paseo es muy agradable y, en el agua (sin playa) flotan barcos-bares-restaurantes que están muy bien para tomar algo (para comer es un poco más caro que cualquier otro sitio hacia el interior). Los precios son bastante asequibles.
Sin embargo, fuimos a un mercado muy grande y bonito, que merece la pena visitar, pero no dejarse engañar. En cuanto entras, por todas partes, te ofrecen frutas para probar: mangos de distintos sabores, papayas, etc. Puedes probarlos, no pasa nada. Pero siempre te intentan vender después: ¡no caigáis! ¡¡Nosotros caímos y nos clavaron!! Eso sí, eran frutas deliciosas y que no se encuentran en cualquier sitio.
De vuelta al barco, nos despedimos de este último destino, volviendo a donde habíamos empezado: a Lisboa.
LISBOA: es una ciudad con mucho encanto, aunque no todo el mundo lo sabe ver. Es cierto que hay unas zonas muy residenciales, con edificios bastante antiguos, homogéneos y que te harían decir que es una ciudad atrasada y muy fea (en una de estas, estaba nuestro hotel; igual: edificio mastodóntico, sesentero, pero muy bueno por dentro)... Sin embargo, el centro es muy bonito: desde la plaza de Marqués de Pombal, por la Avenida de la Libertad hasta la plaza de Rossío, es un bonito paseo (aunque con pocos comercios y menos bares). Sin embargo al llegar al Rossío se abren muchos caminos: justo antes, se encuentra el edificio del Teatro Nacional, que es muy bonito. Desde la plaza, hacia la izquiera, se llega a unas calles peatonales donde hay muchos sitios donde comer y beber algo (nada mal de precio) y, justo al lado, el famoso Elevador de Santa Justa. Este esta entre dos calles: una "abajo" (viniendo desde Rossío), la otra sube desde una anterior y es una cuesta tremenda. Comienza a subir y llegarás a Barrioalto: es la zona de más bares, restaurantes y fiesta, por donde salen autóctonos, turistas y muchos erasmus, jeje.
Desde luego Lisboa es una ciudad barata para los que venimos de Madrid, aunque no tanto como lo era antes: se van igualando los precios poco a poco.
Pero no solo de fiesta se vive en Lisboa y conviene visitar también: el Castelo de São Jorge (mejor cogiendo el tranvía, que hay una cuesta considerable hasta allí), la Catedral, la Plaza del Comercio y, un poco más alejado: el monumento aos Descobrimentos, la Torre de Belem y
Desde luego fue una experiencia genial, muy recomendable. A ver si pronto podemos repetir un crucero por otros mares :D
No hay comentarios:
Publicar un comentario