jueves, 19 de agosto de 2010

CASA RURAL EN SAN CRISTÓBAL DE CUELLAR (y alrededores)




Era la primera vez que decidíamos ir a una casa rural. Elegimos esta... no recuerdo bien por qué, pero fue una gran elección. EL BANDOLERO. Es una casita rural en San Cristóbal de Cuéllar (Segovia; a unas 2h de Madrid).
Al llegar al pueblo, nos dijeron que, si no encontrábamos la casa, preguntáramos por el bar Lemon, de los mismos dueños (aunque podíamos, perfectamente, haber preguntado por EL bar, porque no hay más, jeje). Pero teníamos la dirección y decidimos encontrarla solos. No fue difícil encontrar la dirección, pero sí la casa, ya que, desde la calle, solo se ve una inmensa puerta de madera y no parecía que dentro fuera a haber gran cosa. Sin embargo, cuando por fin nos abrieron, encontramos un precioso patio donde había unas sillitas de jardín y una barbacoa, para el verano y una fachada preciosa. Entramos en nuestra casa y así nos sentimos.
Las habitaciones, además son muy nuevas y acogedoras. Nos instalamos y fuimos a comer y visitar algunos pueblos de alrededor.
En primer lugar, San Cristóbal de Cuéllar. ¡¿Qué decir?! Es un pueblo muy pequeño atravesado por una carretera, donde parece que los dos únicos negocios son la casita rural y el bar Lemon. Se respira tranquilidad y la gente es muy amable. Por la noche, se reúne gente de todas las edades en el bar: unos juegan al dominó, otros a las cartas y los más jóvenes se preparan para irse de marcha en sus motos... Además, al ser invierno (puente de diciembre), todo el pueblo olía a leña y eso es algo que me encanta...


Muy cerquita, a una media hora, está Olmedo, donde llegamos a comer, un poco tarde, así que entramos en un bar que por la noche debía de ser pub, donde comimos unas racioncillas. Dimos una vuelta por el pueblo que tiene una plaza y una iglesia muy bonitas.


También cerca, a unos 25 minutos de Olmedo, se encuentra Medina del Campo, ya en la provincia de Valladolid. Este pueblo, más grande que el anterior, tiene un castillo que vimos iluminado: el Castillo de la Mota. Está un poco apartado del pueblo y en alto, por lo que se puede ver la ciudad desde allí y es una bonita vista. Hacía mucho frío y, como no podíamos visitarlo por dentro, decidimos bajar. Dimos una vuelta por Medina del Campo, que debía de estar en fiestas y había mucho ambientillo. Supongo que con menos frío y más luz, hay mucho más que hacer: nosotros nos limitamos a dar un paseo por sus calles y la plaza mayor.


De vuelta, cenamos en el Lemon y nos invitaron a una crema de orujo riquísima.


Por la mañana, nos fuimos a conocer Valladolid que está como a una hora de nuestro pueblo. Me sorprendió muy gratamente: nunca había oído nada bueno ni malo de esta ciudad y no nos llamaba mucho la atención a priori. Sin embargo, fue un bonito paseo por la ribera del Pisuerga, el parque del Campo Grande y la Plaza Mayor.

Llegamos por la tarde a San Cristóbal y decidimos acercarnos a Cuéllar, que es el pueblo cercano más grande, donde, además hay un castillo renacentista que, por la noche iluminado, está precioso. Queríamos cenar en algún mesón típico, de los muchos que hay, pero no sé si estarían todos de vacaciones, era demasiado tarde o qué, que tuvimos que conformarnos con un restaurante, eso sí, muy grande (el típico salón como para comuniones) en la salida del pueblo. Sin embargo, cenamos muy bien.
El último día, ya de vuelta, no quisimos dejar de parar en Segovia y dimos un paseo por sus calles empedradas. ¡¡Desde luego, es una ciudad preciosa!! Nos faltó el cochinillo, pero había que reservar, así que tendremos que volver...

CRUCERO: Joyas del Atlántico

RECORRIDO: Lisboa, Gibraltar, Agadir, Casablanca, Lanzarote y Madeira.

El verano pasado (2009), decidimos hacer un crucero: teníamos una semana de vacaciones y mucha suerte (no revelaremos por qué) y lo más barato, diferente y en lo que más podíamos ver, era haciendo este crucero. ¡Así que teníamos que aprovecharlo!

Fuimos en coche a Lisboa desde Madrid (nos soprendimos gratamente de lo verde que es Extremadura, pese a creencias populares... pero eso será otro viaje, en otra ocasión).

Al día siguiente, embarcamos en nuestro Pacific Dream (o Pacific Drink como lo bautizó su señor capitán, jeje) y... ¿Cómo es hacer un crucero? Pues extraño. Jeje. Hay que pasar por algunos rollos como rellenar fichas donde explicas que no tienes ni has tenido recientemente ninguna enfermedad contagiosa y todo eso... Dejas las maletas en algún lado, indicando tu habitación (que aún ni has visto) y te vas esperando volver a verlas en algún momento... mágicamente, al llegar a tu camarote (después de perderte un poco por el inmenso barco), ahí están, esperando en la puerta. Y comienza el crucero.

Nuestro camarote era exterior, superior y con terraza (sí, ya sé, qué asco, eh?): un armario inmenso, una cama inmensa y una terracita preciosa en la que, después de dar una primera vuelta por la cubierta, tomarnos unas cervecitas al sol y difrutar de la brisa del Atlántico, degustamos nuestra botella de cava, regalo de bienvenida. ¡¡No parecíamos nosotros!! Es como otro mundo (en el que desentonábamos un poco: dos jóvenes en un crucero no es muy habitual; la mayoría son parejas de mediana edad o mayores y familias). ¿Y el barco, la estancia? ¡Madre mía! Como en "Vacaciones en el mar": con el capitán paseando por allí, actividades a todas horas y para todas las edades... ¡un sinfín de cosas que hacer! Casi que no da tiempo a todo. Porque, después, empieza la navegación: al principio es una sensación extraña, ¡¡notas que aquello se mueve!! Suena el pitido y nos alejamos de la costa: adióooos!!!

Es una suerte que no nos mareáramos ninguno (ninguno de los dos, digo; de las mil y pico personas que íbamos, igual alguno tuvo mala suerte, no sé yo...). Y, lo mejor, es por la noche: parece que te mecieran mientras duermes... ¡No está nada mal!

PRIMER DESTINO: GIBRALTAR. Llegamos al puerto y tuvimos medio día para pasear por las calles de este pequeño pueblo-ciudad-país xD Fue interesante, la verdad, aunque no tiene nada. Desde el puerto hasta el centro, paramos en un bar, típico irlandés, regentado por una inglesa gibraltareña que no entendió "dos cervezas, por favor"... Fue divertido: ¡a practicar inglé! En la plaza y la calle principales, todo está lleno de tiendas: de souvenirs, tabaco, alcohol y también ropa, relojerías, etc. No hay chinos, eso sí. Pero hay algunas tiendas-de-todo, donde entra gente curiosa que habla un inglés con acento mezclado con expresiones tan andaluzas como "miarma" o "quillo". Bueno, Gibraltar no tiene más: vimos el peñon, hicimos la foto, paseamos un poco y volvimos a nuestro barquito... Cuando subimos, antes de partir hacia Marruecos, hicimos una última foto hacia la costa, al peñon: todo despejado y una nube sobre Gibraltar... Va a ser verdad que en Inglaterra siempre hace mal tiempo...

SEGUNDO DESTINO: CASABLANCA Y RABAT. Después de toda una noche de navegación, llegamos a Casablanca por la mañana y decidimos no coger excursión y verla por nuestra cuenta. Eso sí, cogimos la de la tarde para ir a Rabat. De modo que teníamos la mañana para ver la medina, la mezquita y encontrar el Rick's Café. Jeje. Cogimos un taxi en el puerto que, al principio, nos quería timar mucho y, finalmente, solo nos timó un poco. Después de unos 5 minutos, llegamos a la "lejana" medina de Casablanca. Tomamos un té moruno en el café París, antes de entrar y, aún siendo demasiado pronto, nos adentramos en las estrechas calles de la medina. Demasiado pronto, sí, porque aún solo algunas tiendas estaban abiertas; poca gente y ningún turista, se movían de un lado a otro trayendo y llevando cosas: preparándose, supongo, para las masas que comenzaron a llegar más tarde. Fue bonito, sin embargo, pasear sin mogollones, aunque nos perdiéramos algunas tiendas abiertas (sobre todo una parecía muy bonita, de intrumentos musicales...). Pero bueno, poco a poco, empezaron a abrir: panaderías, pastelerías, carnicerías, fruterías y las típicas tiendas-bazar donde encuentras desde ropa hasta vasos, souvenirs, postales, etc. Y compramos, claro, algunas cositas. ¡¡Imposible no hacerlo!! Un chico muy majo, nos llevó a una tienda ("La cueva de Alí-Babá") donde después de un buen rato alucinados con tantas cosas, decidimos comprar unos vasos de té de cristal pintados. Ya los teníamos, nos los íbamos a llevar, pero el hombre, sacó uno y para demostrarnos que no eran "made in taiwan", comenzó a golpearlo contra las baldosas del suelo... creí que no quería que los compráramos o algo... El caso es que no, que eran buenos, que nos los llevamos y enteros... Pero no pienso probar a hacerlo yo, porque seguro que me lo cargo.

Cuando conseguimos salir de la medina, que ya comenzaba a abarrotarse, vimos a lo lejos el minarete de la mezquita. Parecía cerca, pero no. No llegamos. Sin embargo, de todos los caminos que podían habernos llevado, cogimos uno por el que, sin buscarlo ni saber cómo, casualidades de la vida, encontramos nuestro otro imprescindible en Casablanca: el Rick's. Foto de rigor y ¡pitando para el barco! ¡¡Teníamos que comer algo y llegar a la excursión o se irían sin nosotros a Rabat!!

A todo esto, ¿no lo he dicho? Un calor y un sol de justicia, sí.

A velocidades, conseguimos llegar al teatro del barco desde el que salía la excursión y subirnos al autobús sin problema. Tardamos menos de una hora yo creo y el guía nos iba explicando todo. Primero, pasamos por muchos barrios, mejores y peores: Rabat es inmensamente grande. Y llegamos a los palacios reales. Sí, palacios, palacios y jardines inmensos de los que no ves ni la mitad y, aún así, te parece imposible que eso sea de alguien. Es cierto que no son solo las viviendas de la familia real (de hecho, el rey actual Mohamed VI, no vive ahí: vive fuera de Rabat aunque va todos los días a trabajar). Porque en estos palacios, también están los ministerios. Por lo tanto, podéis imaginar el barrio que lo rodea: todas las casas de los miembros del gobierno, embajadas, etc. No parece Rabat, no.

Sin embargo, este es el Rabat que vimos y es curioso también. Solo se puede acceder con excursiones concertadas y guiadas.

Después, nos llevaron a la mezquita inacabada y el mausoleo de Mohamed V. Y, por último, dimos un paseo por la Kasbah de Oudaias, muy bonita y típica, blanca y azul.

TERCER DESTINO: Agadir. Aquí sí cogimos la excursión: teníamos medio día y nos ofrecían una visita por la ciudad, subir a un monte para ver todo desde arriba y compras. Bueno, no fue una maravilla de excursión pero pudimos ver todo. Las compras fueron en una especie de casa-palacio, con al menos cinco plantas y miles de cosas: abrigos y cazadoras de cuero, cojines, teteras, abalorios, etc. Pero no era el sitio más típico donde comprar, la verdad.

Nos llevaron también a ver un espectáculo bereber, donde había contorsionistas y encantadores de serpientes. Estuvo interesante aunque, claro está, era algo muymuy turístico...

También visitamos un mercado de frutas, verduras, etc., donde pudimos observar un poco el día a día de la gente; y ser observados claro: un autobús entero de españoles que desembarca en un mercado normal, no pasa desapercibido. Pero bueno, no era del todo un mercado normal: era el más grande y con muchísimos productos frescos que habrían el apetito (el puerto de Agadir es uno de los más grandes del continente africano). Además, había cosas curiosas como pequeños puestos improvisados (manta sobre el suelo y mujer observando) que no vendían nada concreto pero sí cosas en general, lo que fuera. Esto es muy típico también.


NOTA SOBRE MARRUECOS: lo que aquí se describe no es lo mejor que ver en este maravilloso país. La medina de Casablanca, si bien muy grande, es muy similar a la de cualquier otra ciudad; la mezquita, eso sí, es la más grande del magreb. En cuanto a Rabat, como decimos, los palacios se pueden visitar por fuera y solo con excursiones concertadas. Y Agadir no merece mucho la pena o eso nos pareció (quizá nuestro guía se guardó algún tesoro sin mostrarnos).


CUARTO DESTINO: LANZAROTE. Un poco cansados de las excursiones de los días anteriores y con ganas de playa, decidimos no coger excursiones en esta isla y quedarnos en Arrecife, probando cervezas (Dorada o Tropical; mejor la Dorada), paseando por la playa y dándonos un buen baño antes de comer unas típicas patatas con mojo (que hay verde y rojo y nosotros sin saberlo... mmmmmmmm) y unas gambas a la plancha. ¡Riquísimo! Y después del baño, ¿qué mejor?


Sin embargo, nos quedamos con ganas de ir a los Jameos del agua, al Timanfaya, etc. ¡¡Queda pendiente para otro viaje!!

QUINTO DESTINO: MADEIRA. La superjoya de este crucero. Es impresionante la vista llegando al puerto de Funchal. Cuando el barco reduce la velocidad acercándose a la costa, pueden verse a lo lejos otras islitas pequeñas y, si miras de frente te encuentras con toda una pared verde (apenas hay costa-playa en esta isla). Es una vista preciosa, aunque a medida que nos acercamos, vimos que allí también hubo unos "60-70" de desrregulación y construcción descontrolada... Una pena. Pero, eso sí, por la noche, es impresionante ver toda esa ladera llena de lucecitas mientras el barco se aleja.

En cuanto a Funchal, lo vimos por nuestra cuenta. El paseo es muy agradable y, en el agua (sin playa) flotan barcos-bares-restaurantes que están muy bien para tomar algo (para comer es un poco más caro que cualquier otro sitio hacia el interior). Los precios son bastante asequibles.

Sin embargo, fuimos a un mercado muy grande y bonito, que merece la pena visitar, pero no dejarse engañar. En cuanto entras, por todas partes, te ofrecen frutas para probar: mangos de distintos sabores, papayas, etc. Puedes probarlos, no pasa nada. Pero siempre te intentan vender después: ¡no caigáis! ¡¡Nosotros caímos y nos clavaron!! Eso sí, eran frutas deliciosas y que no se encuentran en cualquier sitio.

De vuelta al barco, nos despedimos de este último destino, volviendo a donde habíamos empezado: a Lisboa.

LISBOA: es una ciudad con mucho encanto, aunque no todo el mundo lo sabe ver. Es cierto que hay unas zonas muy residenciales, con edificios bastante antiguos, homogéneos y que te harían decir que es una ciudad atrasada y muy fea (en una de estas, estaba nuestro hotel; igual: edificio mastodóntico, sesentero, pero muy bueno por dentro)... Sin embargo, el centro es muy bonito: desde la plaza de Marqués de Pombal, por la Avenida de la Libertad hasta la plaza de Rossío, es un bonito paseo (aunque con pocos comercios y menos bares). Sin embargo al llegar al Rossío se abren muchos caminos: justo antes, se encuentra el edificio del Teatro Nacional, que es muy bonito. Desde la plaza, hacia la izquiera, se llega a unas calles peatonales donde hay muchos sitios donde comer y beber algo (nada mal de precio) y, justo al lado, el famoso Elevador de Santa Justa. Este esta entre dos calles: una "abajo" (viniendo desde Rossío), la otra sube desde una anterior y es una cuesta tremenda. Comienza a subir y llegarás a Barrioalto: es la zona de más bares, restaurantes y fiesta, por donde salen autóctonos, turistas y muchos erasmus, jeje.

Desde luego Lisboa es una ciudad barata para los que venimos de Madrid, aunque no tanto como lo era antes: se van igualando los precios poco a poco.

Pero no solo de fiesta se vive en Lisboa y conviene visitar también: el Castelo de São Jorge (mejor cogiendo el tranvía, que hay una cuesta considerable hasta allí), la Catedral, la Plaza del Comercio y, un poco más alejado: el monumento aos Descobrimentos, la Torre de Belem y Los Jerónimos.

Desde luego fue una experiencia genial, muy recomendable. A ver si pronto podemos repetir un crucero por otros mares :D

miércoles, 18 de agosto de 2010

VIENA. Febrero 2010.

Salimos muy temprano de Madrid. Ya se sabe, las ofertas de atrápalo, los horarios infernales... Sin embargo, esta vez, es lo que buscábamos: dos noches y tres días bien aprovechados. Así, llegamos también bien prontico al aeropuerto de Viena. Cuando nuestro avión iba perdiendo altura para aterrizar, ¡OMG! ¿Pero dónde? Parecía que no hubiera pista de la cantidad de nieve... sin embargo, aterrizaje perfecto, pista perfectamente limpia (nada que ver, claro, con Barajas: ni por la nieve, ni por la eficacia en la reacción...).

Tras la espera de maletas y todo lo típico, cogimos nuestra cat-card (ticket de ida&vuelta al aeropuerto) y una Viena-card, para poder movernos libremente por Viena. ¡Libremente y tanto! Pero, ¡qué ciudad más complicada! Primero, porque el idioma es taaaaaaaan diferente, que ni siquiera los nombres de las calles se te pueden quedar, porque todo suena a algo como "strahvkwstrasse"... imposible. Pero, además, la ciudad está expandida, ¡mil cosas que ver y (aparentemente) cada una en una punta! Pero... pronto nos dimos cuenta de qué pasaba. Gallardón no ha debido de pasarse por allí. ¿"Metro de Madrid, vuela"? ¡Ja! El de Viena sí que vuela. Allí los niños no pueden jugar al "a que no me caigo" porque no habría niños...
De modo que, un par de viajecillos en metro y, pronto te haces a él y ves que, en realidad, lo que parecía lejos no lo está tanto.

Llegamos a nuestro hotel, ¡en la estación de la cerveza! (Ottakring, la cerveza-Ottakringer, la estación). Así que, ¡a comer! Porque el vuelo, en Iberia, claro que no nos dieron más que las gracias...

Si los nombres de las calles se complican, para pedir... ¡no te cuento! Además, las 3 de la tarde ya no es hora de comer en Austria (bueno, creo que en casi ningún sitio que no sea aquí...). Así que el típico cadenafritanga similar a los kebab, pero sin kebab... y sin saber qué pedir. Pues... "eso y eso". Había fotos, pero todo empanado, ¡distingue tú! Y...quién iba a sospechar, si todo parecía pollo y pescado, ¡que estábamos pidiendo HÍGADO! Pero ¿cómo? ¿Quién come hígado empanado así... porque sí, por gusto y como algo normal? Pues, mira, parece que los austríacos, porque no fue la última vez que lo vimos.

Nos fuimos, habiendo comido un poco de pollo y dejando el higadito ahí, pa'quien le guste... (he de decir que el hombre sin idea alguna de inglés, entendió por gestos-creemos- que no lo habíamos tocado y no lo tiró). Y llegamos al centro.
¡¡Qué maravilla!! Todo nevado, todo precioso. Parques enormes, edificios increíbles, casas preciosas.
Karltplaz, Stephanplatz, la Ópera, Schönbrun (o el palacio de Sissí), Belvedere, la noria... Bueno, todo lo típico.

Y lo típico vimos. Pero todo. Al final, nos cundió el viaje, hicimos todo lo que debíamos. Tomamos cafeses vieneses, tarta, paseamos, pasamos frío. Vimos los miles de millones de puestos de flores y que, en todas partes, hay música.

Es una ciudad preciosa. Mereció la pena el frío. Además, si hay algo típico es la calefacción a tope en todos los sitios, el café y la cerveza... así que es fácil la solución cuando empiezan a congelarse los piececillos.
Hablando de los sitios, es un poco raro... está todo como oculto. Hay sitios chulísimos que están escondidos por calles recónditas que solo se encuentran perdiéndose un poco (cosa que pasó a menudo, pero suerte que te los encuentras así)... de hecho, a veces, intentas volver y no están. Quizá, además de la ciudad de la música y las flores, sea la ciudad de la magia (vale, no, somos un poco torpes y no nos quedamos con los nombres de nada, ¡pero ya he dicho que eran muy difíciles!).
Además, desde fuera, es difícil ver cómo son por dentro. Suelen estar cubiertas por cortinas las ventanas; a veces traslúcidas, normales... pero otras no, otras opacas, que parece que ocultaran algo. Jiji. Decidimos que sería por el frío, porque, una vez entras, ¡eso es otro mundo! Primero cambia tu principio de cabreo si lo hubiera (por haberte perdido, por los pies fríos, por no encontrar un puto bar): el calorcito, la música y la cerveza, lo cambian todo. Y, además, ¡la gente! Eran todos superamabilísimos. Ha sido esta otra gran sorpresa en Viena. Mira que parecen fríos y cabreados siempre por esa forma de hablar... pero ¡no! Son todos majísimos.

Luego, hay bares típicos-típicos. Donde las camareras van vestidicas de tirolesas, todo es de madera y suena música "yiorelé yiorelé". ¡Tan divertido!

Por supuesto, no puedo dejar de hacer referencia a la cantidad de españoles por el mundo que se encuentran. No hablo de los que salen en la tele, que también vimos (-Egkiuhmi, Belvedere? -Yes, inglis? -Espanis? -Yes! -Vale, pues explica xD ... Creemos que era investigador universitario becado, pero quién sabe...). Pero no hablo de esos, sino de los turistas. Los españoles somos una plaga en todos los lugares, diría que turísticos, pero en algunos menos turísticos, también... El caso es que, por todas partes. Y, lo mejor, es que se nos ve, se nos oye, nos hacemos notar...
Tomando una cerveza en uno de estos típicos bares, sonaba la música de tres hombres (violín, acordeón y guitarrilla) y de pronto... "ese lunar que tienes", "qué viva España", "Granada"... ¿pero esto qué é'lo-que-é? Pues un supergrupo de españoles (ya mayorcicos, eh?) de los que se despidieron en nuestro tono habitual y, por supuesto, en español, de las pobres austríacas que no sabían bien si estaban gritando de alegría o las estaban regañando.
Nota mental: la furia y la efusividad españolas, podrán confundirse fuera de nuestras fronteras.

Y hasta aquí la aventura vienesa. Recomendación absoluta :D


DETALLES PRÁCTICOS:

Vuelo+hotel (atrápalo): 150 euros/persona
HOTEL: Hadrigan (3*). Las 3* fuera de aquí no son tanto, la verdad. La habitación, eso sí, amplia, limpia y muy bien; pero la recepción es más como la de un hostal. En cuanto a la situación, Ottakring es un barrio muy tranquilo y, quizá, un pelín apartado, pero con la estación a 10minutos y tranvía en la puerta del hotel, no hay ningún problema para moverse.
COMER&BEBER: Viena no es una ciudad especialmente cara en comparación con Madrid. La cerveza es barata y riquísima. La comida es, como suele ser donde hace frío, bastante contundente, aunque también tienen muchas variedades de ensalada y, en algunos sitios, tienen mostradores donde tú eliges lo que quieres que te pongan en el plato. Es rico y muy habitual el vino, aunque, por extraño que parezca, el blanco parece más habitual... ahí, bien fresquito, jeje. Salchichas y diferentes carnes, a menudo cocidas (como para un buen cocido), son habituales en todos los restaurantes. Por la calle, además, se encuentran muchos puestos de perritos calientes (de un tamaño considerable, por cierto): una comida barata, rica y que te permite seguir paseando y disfrutando de la ciudad (nota: fuimos en febrero con lo que, el día que decidimos comprarnos un perrito y patatas, nuestros dedos corrieron un grave riesgo de congelación... nada que no solucionara una cervecita en un sitio caliente).
PARA MOVERSE: Vienna Card para viajar en autobús, metro y tranvía durante 72h; cuesta 18'50 y te ofrece descuentos en algunos museos, en la noria, etc. La puedes comprar en el propio aeropuerto, en algunos hoteles, en la oficina de turismo de Albertina Platz o en algunos puntos de venta del metro.
Hay otros billetes para estancias menores: 24h por 5'70; 48h por 10. Pero siempre compensa (el billete sencillo cuesta 1'80), ya que, como dijimos por ahí arriba, hay mucho que ver y, a menudo, no están unas cosas cerca de otras.
Desde el aeuropuerto al centro de la ciudad, el billete del tren rápido, ida y vuelta, cuesta 10euros (7'50 con la Vienna Card).
NO TE PIERDAS: el Naschmarkt (mercado con bares curiosos por en medio), el museo Belvedere (y su sala del fantasma, jeje), los capuchinos. Y busca un callejón que sale de Stephanplatz (si miras de frente a la catedral, yendo por la calle de la izquierda, sale un callejón lleno de unos bares preciosos; ideal para tomar una copa de vino y conocer gente curiosa. No te olvides, aquí de preguntar por los aseos, jaja). El invierno en Viena: seguro que todas las épocas tienen su encanto, pero los jardines del Belvedere nevados y las calles en invierno, son una maravilla. Eso sí: ¡muy abrigados!